"Dios se dirige, en primer término, no a la mente, sino al corazón" (Peter Wust)

viernes, 4 de mayo de 2012

La Iglesia en Corea

De la Revista ReL

El crecimiento impresionante de la Iglesia en Corea puede ser un estímulo para nosotros en la Misión Continental. Leamos lo que nos dice Pablo J. Ginés en la revista Religión en Libertad:

En 1960 sólo había 250 curas en el país; hoy son 5.000
"El que se convierte sabe que debe comprometerse en uno de los grupos o movimientos, no se admiten católicos pasivos". Los matrimonios mixtos, el prestigio del catolicismo y el compromiso de los laicos perfilan la Iglesia más evangelizadora del mundo.
En 1960, siete años después de la Guerra de Corea, sólo un 2% de los coreanos eran cristianos. Hoy lo son casi uno de cada tres. En una población de 48 millones de habitantes, 5,3 millones son católicos (un 10% de los coreanos). Al empezar los años 60, sólo había 250 sacerdotes católicos coreanos, pero dieron fruto: hoy son 5.000 y exportan misioneros a todo el mundo. En los seminarios estudian 1.587 aspirantes.
El mejor misionero, el católico de a pie
Pero los mejores "misioneros" coreanos son los católicos de a pie, laicos que evangelizan a sus familias y amigos. Cada año se bautizan más de 100.000 adultos en este país. En 2011, por ejemplo, fueron unos 109.000 los adultos y casi 26.000 los niños que entraron en la Iglesia católica. Para entender estas cifras recordemos que este año se bautizaron 3.000 adultos franceses y en 2011, 43.000 adultos en Estados Unidos. Corea gana, "de goleada", en la liga de las conversiones.
Hay un desequilibrio entre hombres y mujeres católicos: ellos son el 41,5% de la Iglesia; ellas son un 58,5%. Demográficamente puede favorecer a la expansión de la fe: ellas son las que transmiten la fe a los hijos, las que se animan a tener más hijos... y las que convierten a sus novios. Porque, como en el resto del mundo, casarse con un católico es un "empujón final" (a veces inicial) para adoptar la fe. De 20.000 matrimonios en la Iglesia en Corea, 12.000 incluían un cónyuge no cristiano.
El obispo de Daejeon, Lázaro You Heung-sik, explica a la agencia misionera AsiaNews que "el sacramento nupcial se convierte en un camino hacia la conversión; puedo decir con gozo que después de un año de vida casada casi siempre llega un nuevo bautizo de adultos a esas familias". En 2011, sólo en Daejeon, se bautizaron 7.000 adultos (el doble que en toda Francia) y se celebraron 100 matrimonios mixtos. Y después de la conversión, llegan los hijos.
Cada católico en un movimiento
Pero es que, además, los conversos no son tibios: la Iglesia es muy exigente en Corea, y la gente responde con compromisos fuertes.
"Hoy en Corea el que se convierte sabe que debe comprometerse en uno de los grupos, asociaciones o movimientos parroquiales. No es admitido el católico pasivo", escribe el misionero Piero Gheddo en Avvenire. En su visita a Seúl hace unos años, este misionero descubrió la forma de trabajo: parroquias con 8 cursos de catequesis, catecumenados de 1 año que tras el bautismo ingresaban al neófito en algún movimiento inemdiatamente, siendo la Legión de María uno de los más activos.
"Abrazar el cristianismo en Corea significa entrar en un grupo que te compromete a fondo, te da normas de comportamiento y de compromiso, te hace pagar las cuotas de participación y te da las oraciones para rezar todos los días. Cuando se entra en la Iglesia se acepta todo esto. Éste es el espíritu coreano: o aceptas y te comprometes o no aceptas y te vas", explicó al padre Gheddo el párroco Paul Kim Bo Rok.
Una religión para tiempos modernos
Los cristianos tienen buena fama en Corea. Católicos y protestantes se negaron a quemar incienso y adorar como Dios al emperador de Japón durante la ocupación nipona en la Segunda Guerra Mundial, y se ganaron la admiración de sus compatriotas. También se mostraron defensores de las libertades durante las dictaduras militares posteriores.
El cristianismo atrae, según el secretario de la Conferencia Episcopal, Simon E. Chen, porque "introduce la idea de igualdad de todos los seres humanos, creados por un único Dios", que además es "un Dios hecho persona".
Además, en apenas 50 ó 60 años, el país ha experimentado un cambio absoluto, pasando de una cultura rural tradicional a una urbana y moderna, con mucha tecnología y un ritmo frenético. Muchos coreanos urbanos, cultos, sienten que las viejas vías del budismo, el confucionismo y el chamanismo local no encajan en su vida, mientras que el cristianismo ofrece comunidad real, compromiso, participación y sentido.
Curso para evangelizadores en cada parroquia
Ambición evangelizadora no falta en Corea. En la capital, el 13,6% de la población ya es católica. La Iglesia ha decretado el "Plan 20-20", que consiste en intentar que en 2020 sean católicos el 20% de los coreanos. No parece factible, pero eso no les detiene. "En mi diócesis ofrecemos un curso en cada parroquia enseñando a los laicos a proclamar el Evangelio, y está dando frutos", explica el obispo de Daejeon.
¿Y qué pasará con Corea del Norte?
La Iglesia calcula que antes de la Guerra de Corea (1950-1953), había unos 55.000 católicos en Corea del Norte. En la diócesis norcoreana de Pyongyang había unos 20 sacerdotes. Quedan siete de ellos activos, viviendo en el Sur.
Cuando caiga el telón de bambú
El anciano padre Mateo Hwang In-kuk, nacido en 1936 y fugado del Pyongyang con 14 años, es -para la Iglesia- el vicario episcopal de la capital del Norte. No puede pastorear a los católicos de su diócesis pero desde 2009 entrena en el sur a la hornada de sacerdotes que quieren ser misioneros voluntarios en el norte, en un programa de 10 años de entrenamiento sacerdotal y misionero. ¿Se abrirá el norte en 2019? "Nosotros, los viejos sacerdotes del norte, quizá estaremos muertos, pero nuestros estudiantes espero que no lo estén", dice el padre Hwang.

miércoles, 11 de abril de 2012

La Fuerza del Testimonio


Monjas de Lerma
Foto del artículo
En la revista Religión en Libertad, me encontré con esta joya que me confirma lo que vengo sintiendo y observando desde hace tiempo. Les copio el artículo que es un poco largo, pero vale la pena leerlo y meditarlo. Si quieren leer en el sitio original, guíense por el vínculo, y lean también los comentarios. Como deja entrever el artículo, esto no se aplicaría sólo a la pastoral vocacional, sino también a la evangelización en general. Ahí va en artículo:
Un sábado cualquiera, un grupo indefinido de jóvenes se sienta ante uno definidoLista de espera para hacer las Jornadas de Vida Monástica con las Dominicas de Lerma de monjas de clausura. Ellos callan, escuchan y observan. Ellas cuentan cómo un día cambió su vida. No hablan tanto de su vocación, sino de haber conocido a Cristo en persona. Los chicos permanecen durante horas pegados a la silla. Al cabo de unas horas pasan a la capilla, en silencio. Ni catequesis ni charlas. Tan solo la Eucaristía expuesta en el altar. No saben cómo, pero se ha iniciado una nueva relación con Cristo. No con Cristo muerto, sino con Cristo resucitado.
“Todo se inició casi sin querer. Acondicionamos fuera del monasterio un albergue para recibir visitas y un fin de semana, un grupo de amigos decidió pasarlo aquí. Les ofrecimos un rato de compartir con ellos y la experiencia fue inolvidable. Marcó un antes y un después en sus vidas, y también en la nuestra”. Lo explica sor Leticia, Maestra de Novicias del monasterio de san Blas, de las Dominicas de Lerma, y lo hace con el entusiasmo de quien está viendo con sus propios ojos cómo muchos jóvenes reconocen a Cristo en la experiencia monástica. “Desde entonces, han sido pocos los fines de semana que no hayan venido a pasar con nosotras lo que hemos llamado Jornadas Monásticas”.
Así es como han llamado al simple hecho de pasar con ellas un fin de semana, viviendo en el albergue externo al monasterio, pero compartiendo con ellas la práctica totalidad del día. La dinámica de las Jornadas es muy sencilla, como explica sor Leticia. “Testimonios y oración. Ni catequesis ni charlas. Eso vendrá después, o no, en la medida de lo que suceda, pero para encontrarse con Cristo no son necesarias. Se trata de una evangelización vivencial, no teológica ni teórica, en la que cada una de nosotras damos testimonio de cómo hay Alguien que puede cambiar tu vida, si le dejas, igual que cambió la nuestra”. De este modo, si alguien se siente presionado ha de saber que “los jóvenes que vienen no tienen que hacer nada más que venir. El resto lo ponemos nosotras, porque la idea es compartir, anunciar el Kerigma de nuestra vida, que Cristo está vivo y se le podemos presentar.
“La primera reacción para muchos es que dicen: anda, sin estas tías son normales- explica sor Leticia-, porque les contamos cómo fue nuestro encuentro con el Señor, y ven que también somos pecadoras y que en nuestra vida hubo muchos dolores y sufrimientos”.
La monja burgalesa tiene claro que para poner en práctica la Nueva Evangelización “hay que partir de la misericordia, de la salvación que nos ha sido dada, no de la que nos tenemos que ganar, porque eso es imposible. Hay que anunciar a Cristo, que viene a sanar a los que están mal, no a los que están bien. El problema por el que muchos jóvenes se alejan de la Iglesia es porque se reconocen incapaces de cumplir con la moral, y se cansan. Pero cuando la gente se entera de que ya han sido salvados y de que lo único que tiene que hacer es aceptar esa salvación, se da el encuentro personal con Cristo, que es lo que cambia una vida de arriba abajo. Para la hermana que fuera en tiempos campeona de España de esgrima, “una cosa es vivir con el pecado y otra vivir del pecado. Todos tenemos pecados y todos somos pecadores. Por eso existe la confesión, porque nadie es puro y perfecto. Otra cosa es que hagas del pecado tu vida, pero hay que tener claro que para vivir ese encuentro con el Señor hay que ser un pecador, hay que venir aquí con tu dolor y tu miseria, porque es ahí, donde nadie te ama, donde te vas a sentir amado por Dios, donde le vas a necesitar. Te vas a reconocer necesitado de ese Alguien que no te rechaza a pesar de todo, sino que te acoge, y sin que tú no tengas que hacer nada, solo aceptarlo. Ese es el amor de Dios que tantos desconocen, porque se les ha presentado mal a Dios, pero Cristo está deseando encontrarse con ellos, como se encontró conmigo sin ser yo perfecta, ni de lejos”.
Las Jornadas Monástica están abiertas tanto a grupos de chicas como de chicos, o mixtos, y por el Monasterio ha pasado gente de todo tipo, “desde curiosos por ver cómo viven las monjas o personas que buscan el sentido de su vida, hasta gente profundamente rebotada, porque la Iglesia está llena de bautizados que le dieron una patada a la Iglesia en algún momento de su vida. Ellos no conocieron a Cristo, sino la moral. El amor te llevará a la moral, a la vocación, a la religiosidad, pero la moral no es el camino hacia el amor. La moral sin amor es insoportable. Hace falta conocer a Cristo para entender y asumir esa doctrina. La Nueva Evangelización pasa por un encuentro personal con Cristo, con todos tus pecados y toda tu historia. A veces es una historia insoportable, pero es que no la tienes que soportar, porque Cristo ya ha vencido a tu pecado. Cuando le conoces, todo fluye, todo va bien, todo cambia”.
Tras el tiempo de testimonios las monjas pasan a la oración, ante los ojos atónitos de aquellos por los que rezan. “Pedimos al padre por ellos, les imponemos las manos, como nos dijo Santiago: orad los unos por los otros. Luego les sentamos durante más de una hora delante del Señor, en silencio, ante la Eucaristía. Ahí no hay charla que valga ni catequesis. Son solos Dios y ellos, y es ahí donde se debe dar la primera conversación, que eso es la oración”. Siendo consciente de lo difícil que puede resultar para muchos el tema de la oración, sor Leticia explica que “orar no es pedir, sino hablar. No se trata de que pidas por tu padre a Dios, sino de que le hables de tu padre a Dios, o de tu hermana, o de tu amigo, o de ti. Cuando pides algo concreto, estás ya condicionado para ver la obra de Dios en tu vida, porque has creado una expectativa. Cuando hablas con Dios, cuando le expones una problemática, y le dejas hacer, Él te va a sorprender, porque Dios siempre escucha y siempre responde, nunca calla”.
Sor Leticia cuenta cómo han visto a jóvenes con historias complicadas, difíciles, llorar como niños al darse cuenta de que “son amados, porque Dios nos ama hasta morir. Lo que pasa es que cuantas veces nos ha parecido que Dios está en las nubes y nosotros por aquí dando vueltas. No, Cristo se hizo hombre como ellos, solo hace falta que se encuentren, eso es lo que cambia el chip, lo que rompe con una trayectoria vital”.
Las Jornadas Monásticas no buscan el suscitar vocaciones como pudiera parecer, sino el que se de ese encuentro personal con Cristo. “Detrás del encuentro viene lo demás, que será lo que sea, pero siempre será algo nuevo y mejor, una vida plena, con sus dificultades pero feliz”.
El éxito de las Jornadas es providencial, puesto que ha sido solo el “boca a boca” de los que han participado lo que las ha promovido. Además, cuentan con el valor de que “no cuestan nada, no pedimos ni por el albergue ni por la comida. Si alguien quiere dar un donativo nos lo da, y el que no, pues no. Todo se sustenta en la Providencia y nunca nos falta nada. Lo que sí pedimos es que participen con nostras de nuestro testimonio y de la oración. Nada más”.
Para hacer las jornadas de Vida Monástica, se puede llamar al Monasterio de San Blas (Dominicas), en Lerma: 947170231.
Como se ve, el problema no es la falta de vocaciones o de gente que busque a Dios, sino la falta de testimonio.